¿Quiere el adolescente crecer?
- 19 abr
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¿Quiere el adolescente crecer?
Una narrativa del futuro posible

La familia con adolescentes tiene mucho por contar, por ayudar a comprender nuestra época. Los jóvenes traen a la escena privada el acontecimiento de lo público, eso que transcurre en los colegios y lugares de recreación pero también de cuanto sucede en esa otra dimensión que es lo virtual. La familia ataja en casa una polifonía de cuestiones, memes en Instagram, influencers en Youtube, noticias en Tik Tok; recortes de espacio y tiempo variado que conviven con la presencialidad.
La experiencia de su juventud, las modalidades y estrategias con las que contó ese padre , esa madre, se perciben ablandadas, con escasa capacidad de incidencia en las problemáticas actuales. Preguntarnos sobre esto, situar este fenómeno, probablemente nos proponga un inventario de cuestiones muy interesantes y habría que ver cómo le damos lugar, porque los especialistas también compartimos el siglo y por supuesto la situación de extrañamiento.
Algo así como un nuevo orden de las cosas nos invita a pensar al adolescente y en particular estuvimos pensando sobre su autonomía, entendida no sólo como independencia funcional sino como esa capacidad que le permite decidir, prever consecuencias, regularse, es decir, una elección que apuesta al cuidado de sí con efecto en su proceso de crecimiento.
Pero ese púber o adolescente, para el adulto, es un sujeto muy particular. Hay algo de sorpresa en la vida doméstica del adulto cuando de pronto, entre un pasillo y otro, un hijo o una hija, aparece con cuerpo de gente grande. Es natural y también desconcertante. Tal desconcierto se amplifica cuando los encuentras eligiendo dulces antes que proteínas (porque tienen hambre), olvidando la tarea de matemáticas o con planes de trasnoche porque jugarán a la play. A lo que vamos, es sobre esta angustia compartida entre padres y maestros, que asisten un proceso de crecimiento que ocurre para el adolescente como si no fuera propio.
Ese adulto padece, hay que decirlo. No sólo porque las cargas no se alivian con la promesa de la madurez de los chicos sino porque hay un destino en juego, un futuro por armar y justo allí, pinta que aquello que falta en gana, es un deseo de crecer. Un deseo por venir, que no llega.
¿Por qué estaría bueno crecer?
Comprender qué está ocurriendo invita a profundizar y habría que situarse en algún abordaje que nos aproxime al objeto del que se quiere aprender, entonces ¿Dónde buscamos? Podríamos buscar en las ciencias positivistas para que nos explique cómo el cerebro hace parte de la problemática. Podríamos también reconstruir cierta genealogía y buscar en la historia efectiva, en los hechos pasados y del presente, en el azar de las necesidades y las soluciones posibles que situaron al sujeto frente a sus circunstancias. ¿Y qué hacer con la singularidad, la particularidad, de cada sujeto? ¿Podría la escucha pormenorizada del sujeto aquejado informar sobre sus batallas, los territorios conquistados y a los que renuncia, sus estrategias de defensa, los elixir y venenos que atesora?
Estar curiosos, mantenerse atentos, será crucial y este particular estado responde a una elección que hace el adulto pero ¿Cuán lejos puede ir en sus exploraciones? ¿Acaso ésta no es una pregunta por lo que puede y no puede hacer un sujeto por su existencia, por su legado? Poder-hacer sitúa al sujeto en la política, en la economía. La implicación del adulto en la problemática de sus hijos adolescentes incluye una pregunta por los recursos, las estructuras, las instituciones y las legalidades. Y eso, en este siglo, más que una lectura clara y concreta se volvió una adivinación.
Y entonces ¿Por qué querría un joven ser autónomo? Pensando un poco en esas ganas que les da y no se les da.
Se sabe que el recorrido del niño hacia la adultez consiste en una transición que va de la dependencia absoluta a la conquista progresiva de su individualidad. Es un paso que ocurre con un otro implicado que lo pueda alojar, organizar en un orden de significaciones, a un “sueño de sí”. La posibilidad de crecer, los destinos de ese proceso, se juegan con ese adulto, con su deseo, con su presente, con su historia y por supuesto se juega también con una comunidad más grande, esto es la localidad donde habita, la ciudad, el país.
Nos encontramos interrogando la promesa de futuro, probablemente la hemos bajado del pedestal de “las cosas que damos por sentado”. Un giro osado pero vigoroso cuando aquello por atender tiene que ver con el orden del crecimiento, de la significancia. Entonces, ¿Cómo los podemos ayudar?
Estas cuestiones dan para una apuesta entre nosotros. Pensar una narrativa del futuro posible tiene que ver con la implicación con el problema, pero también con la convicción de que la solución no puede ser otra que aquella que el sujeto fabrique a partir de lo que sabe y de lo que no sabe de sí, de su mundo. Y vamos a necesitar poder alojarnos, sostenernos en la turbulencia que traen los cambios. Son cosas del hallazgo, lo mueven todo.

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