Crianza

Criar a los hijos, como arribar a la vida conyugal, sitúa al individuo en otro lugar desde dónde hacer las cosas. Y en ese lugar ya no somos uno.

Cuando criamos tenemos, por ejemplo, un pequeño ser en total dependencia del adulto. En ese lugar adquirimos nuevas responsabilidades, compromisos, deseos, cotidianidades. En un respiro nos escuchamos decir, “pero si ya no soy el mismo!

¿Será un “nuevo yo”? O será más bien que se trata del mismo individuo y nuevas situaciones, decisiones y nuevos sentimientos.

Y es que desde el lugar de esposo o esposa, madre o padre seguimos pensando en nosotros pero también en más gente.

Como si no fuera ya bastante complejo resulta también que la personita que criamos es una persona distinta. Es decir, no es usted. Son otros, diferentes, dotados de sus propias singularidades y como tales gozan de sus propias preferencias, características, emocionalidades.

La crianza entonces goza de su especificidad. No sólo lidia con otro que no es usted, aunque se parezca, sino que este otro individuo (de otra generación) está en permanente movimiento. Es cambiante. Y con ello, no tenga temor si se le presenta un tanto enigmático.

La crianza no sólo es dar lo mejor. Se da lo que se puede y lo que no se tiene también se da, y no se trata de dar lo imposible sino la carencia, es decir, se dan también las carencias. La crianza entonces puede que le lleve a preguntarse de qué se trata esto, le lleve a cuestionar sus prejuicios, su cultura. Que pongan en franca oposición el pasado con el futuro, es decir, eso que usted es con lo que desea ser.

La crianza, desde este punto de vista, parece ser una nueva oportunidad de vivir. De vivir a la manera suya, a la manera de su comunidad y de los tiempos actuales. Puede ser que sea una buena oportunidad para crear su legado (pasa a veces que a fuerza de amor quiera regalar a su descendencia su deseo) pero el resultado ya es cosa de cada quien.